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jueves, 29 de octubre de 2015

Must be strong

Dicen que por lo menos una vez en la vida, hay que cambiarle la vida a alguien. Por eso no es la mirada, es quien te mira. Y sentir ese algo que nunca has sentido e intentas averiguar lo que es. Porque estoy segura de que las mejores cosas en la vida son aquellas que nunca nadie ha descubierto antes. Y también, que esas cosas increíbles, no son precisamente cosas. La gente entra y sale de nuestras vidas constantemente, pero hay que saber escoger a quien te baje las estrellas y no te haga simplemente soñar con ellas.

Se sabe como reconocer a alguien especial cuando lo abrazas. Cuando te dan uno de esos abrazos que hacen que se detenga el tiempo y que hacen suspirar tan profundo deseando que ese instante se haga eterno... Cuando eso sucede, es cuando me doy cuenta de que todo es posible. Y ahí es cuando me acuerdo de ti.

¿Qué te parece un te quiero? Así porque sí, porque me apetece. Aquí. Ahora. Y contigo. Que al miedo hay que mirarle de frente y a los ojos. Te prometo que toda pesadilla tiene su despertar porque la felicidad es el resultado de haber vencido un gran miedo. Y yo estaré aquí siempre dispuesta a ayudarte a seguir adelante cuando no veas la salida. Convertiré cada problema en un juego y juntos superaremos cada obstáculo que la vida nos ponga por delante. Porque para mí, no hay mayor felicidad que volver a ver esa sonrisa y esa luz en tus ojos, después de un mal trago.

Toca regresar, después de dos semanas maravillosas a tu lado. Ahora sí, toca ser más fuertes que nunca, pensando en que tras este tiempo, sólo vendrán nuevas experiencias y tiempos muy prometedores. Todos los planes que tenemos en mente, son los que me dan ánimos para afrontar este tiempo.

Sé que habrá días en los que necesite un abrazo y un beso más que nunca. Y no tendré la suerte de tenerlos. Pero ahora, que me tienes aquí justo a tu lado, puede que también los necesite más que nunca. Quiero aprovechar cada momento al máximo contigo. Abrázame fuerte.

Y recuerda: jamás me pienso rendir porque hace tiempo te prometí que nunca lo haría.



Te quiero mucho


viernes, 23 de octubre de 2015

Contratiempos del destino

Ya hace bastante que no escribo nada, y desde luego hay bastantes motivos para hacerlo. En la última entrada, anunciaba mi próxima llegada de vuelta a casa. Hoy toca, sin duda alguna, escribir sobre el viaje.

La mañana del 16 de octubre por fin llegó. Habían sido tantas las cuentas atrás para que este día llegase, que estaba realmente nerviosa. Todo estaba ya preparado para volver a casa y para el ansiado reencuentro. Pero muchas veces el destino te tiene preparadas pequeñas sorpresas y contratiempos a los que uno tiene que hacer frente como buenamente pueda y sin rendirse. Ese día, yo iba a tener que poner a prueba mis capacidades, aún sin saberlo. Fue uno de los viajes más locos de mi vida, por no decir que fue el que más. Me desperté a las 7 am. He de decir que me dormí, sino llega a ser por la llamada de cierta persona recordándome que había llegado el día esperado. Ultimé todo y a las 8 am, mis caseros me llevaron a la estación de Bad Nenndorf. Era un día gris, llovía y había unos dos grados bajo cero. Lo recuerdo perfectamente. Me dejaron en la estación y me despidieron, deseándome un buen viaje. Al menos, sus intenciones fueron buenas, ya que nadie sabía lo que iba a ocurrir. Tenía que coger un tren dirección Hannover. Llegó uno en dirección Haste, el cual creí que debía de dejar pasar. Pero gracias a que pregunté a un hombre muy amable, me subí a ese tren y pude continuar mi trayecto. Él me explicó que era ese tren, y que debía de hacer transbordo en Haste. Por el camino, me fue preguntando adonde iba y de donde era. Le resumí mi vida en dos minutos y me contó que a él le gustaba mucho ir de vacaciones a España. Al bajarnos, me indicó adónde debía dirigirme y le di las gracias. Fui hasta el andén número 10 y unos minutos más tarde, llegó el tren que me llevaría a Hannover. El viaje duró poco y llegué con 10 minutos de antelación. Todo parecía perfecto. Dejé pasar varios trenes y por fin llegó el que yo debía coger. Tuve cuidado, ya que una parte del tren llevaba a una ciudad y la otra, a otra. Una vez en mi asiento, me relajé: sólo quedaban dos horas y algo de viaje y por fin, podría coger el avión que me acercaría un poco más a mi destino. Pero tras dos horas de viaje, me percaté de que algo iba mal. Sólo me quedaba una media hora para embarcar y aún no habíamos llegado a Colonia. El tren se detuvo en Düsseldorf y allí, anunciaron que tardaría por lo menos 40 minutos en arrancar. En ese momento yo estaba a 50 kilómetros del aeropuerto. Empecé a tomar poco a poco conciencia de la realidad y sentí como poco a poco, una impotencia se apoderaba de mí y de mis pensamientos. Sólo quedaba asimilar la realidad: no había manera de coger ya ese vuelo, lo había perdido por culpa del gran retraso de ese tren. Entre lágrimas y nervios, sólo buscaba el consuelo de la única persona que podía calmarme en ese momento. He de decir, que dentro de lo que la situación lo permitía, lo consiguió. Los pasajeros a mi alrededor, preocupados por mi estado, intentaban tranquilizarme mientras yo les contaba lo que me estaba pasando. Es en esos momentos en los que uno mismo entiende el control que tiene sobre el idioma extranjero, ya que en situaciones así no es fácil controlar otro idioma, pero al mismo tiempo, y en casos de necesidad, una persona es capaz de todo lo que se proponga. Yo no sabía ya qué hacer. No podía permitirme no llegar a Barcelona ese día, ya que sino perdería también el vuelo del día siguiente. Ya no había forma de ir en ese avión, y tampoco tenía claro si habría más vuelos y si podría permitírmelos económicamente hablando. La desesperación se apoderaba más y más de mí. Me parecía una pesadilla. Sólo pensar en abrazarlo de nuevo, me hacía sentir un ápice de esperanza. Entonces, un hombre que estaba a mi lado, el cual he de decir que me ayudó muchísimo a encontrar una solución, me aconsejó que la única esperanza que me quedaba para coger ese vuelo era bajarme en Düsseldorf y coger un taxi rápidamente. Eso hice. Cargué mis maletas en el taxi y entre prisas y nervios, le expliqué como pude al taxista mi situación. 50 kilómetros en menos de media hora: todavía no estaba todo perdido. Eso sí, el trayecto iba a costarme unos 100 euros, pero era un todo o nada. No sé si fue la desesperación que yo transmitía o la presión de la situación, que no era poca, que el taxista empezó a conducir de una forma bastante temeraria y no avanzamos ni 200 metros, cuando acabamos chocando contra otro coche. Entre voces y gritos alemanes, yo tiré 10 euros al taxista y cogí yo misma mis maletas. Fue ahí cuando la situación se tornó de verdad pesadillesca. Empecé a sospechar que el destino estaba jugando conmigo y que no quería que yo cogiese ese vuelo. Envuelta en lágrimas y desesperación absoluta, volví a marcar ese número de teléfono. Esa voz que era la única entre millones que lograría tranquilizarme un poco. Lo consiguió de nuevo. Me dirigí entonces a la estación, mientras llamaba a mi casero y le contaba todo lo que había pasado (en francés, por cierto) y él conseguía comprarme otro vuelo no muy caro. Primer golpe de suerte. He de decir que saber idiomas es un tesoro único y que es la base de todo viaje para este tipo de situaciones. Había pasado una hora y yo me dirigía a la estación de trenes a reclamar, cuando vi que un taxi frenaba a mi lado. Era el mismo conductor, que todavía quería llevarme al aeropuerto. Le expliqué que ya había perdido el vuelo y le di las gracias por todo. Acabó devolviéndome el dinero, aunque me negué. Cosas que en mi país nunca llegarían a pasar. Con mi reclamación ya en la mano, cogí un tren que me llevaría al aeropuerto. Casi vuelvo a perderme haciendo un transbordo, de no ser porque pregunté a una chica, que muy amable, me indicó que tenía que bajarme rápido en ese momento. Corrí con las maletas en la mano hacia otro andén. Lo único que deseaba era llegar ya a Barcelona y que ese día horrible llegase a su fin. Llegó el tren, lo cogí y pregunté cuántas paradas eran. Por mi acento y mi aspecto, un chico de Valladolid supo que yo era española y empezó a hablarme en español. Nos contamos qué hacíamos ahí y que volvíamos a casa en las vacaciones. Le conté también todo lo que me había pasado, a modo de desahogo, porque no hay nada más satisfactorio que poder expresar una angustia en la propia lengua materna. Se quedó frío con mi historia y me contó que a él ya le habían pasado cosas parecidas en otros viajes. También me contó que conocía bastante bien Asturias y esta conversación me fue relajando un poco más. Llegamos juntos al aeropuerto y nos dirigimos hacia la misma terminal, la B. El tenía que volar a Madrid y yo a Barcelona, así que llegados ese punto, nos despedimos casi como si nos conociésemos de toda la vida. Es lo que tiene encontrar a alguien de tu propio país en el extranjero, que todo acaba uniendo. Le di las gracias por haberme enseñado adonde tenía que ir. Me dirigí rápidamente al mostrador de facturación, todavía nerviosa por si algo más salía mal. La señora del mostrador, muy sonriente, me dijo que todo estaba en orden y me sonreía a cada cosa que yo le decía. Menos mal. Me dijo si me importaba viajar en los asientos de emergencia, a lo que yo simplemente me limité a contestar que no había problema, que lo único que quería era llegar a Barcelona. No sé ni cómo ni por qué, pero le acabé contando a ella también lo que me acababa de pasar. Fue una mujer que simpatizó mucho conmigo, ya que se asustó y me dijo que me tranquilizase, que todo iba a ir bien. Esperé la cola del control de seguridad. Todavía tuve que pasar por un cacheo completo y finalmente, después de atravesar mil tiendas de productos sumamente caros, llegué a la puerta de embarque. Nos llevaron en un autobús en el que había una confluencia de acentos alemanes y catalanes. Y escuchar esos acentos españoles, bueno, ya me entendéis de sobra... pues me tranquilizó, sabiendo que ya estaba mucho más cerca de mi destino y que lo peor ya se había quedado atrás. Despegamos y todavía tuve que enfrentarme al pequeño susto de que mi maletín desapareció en la cabina, pero el azafato lo acabó encontrando al instante. Ya nada podía salir peor, así que me relajé y disfruté del vuelo, como dicen los de Ryanair. He de decir que el azafato me hablaba en inglés, así que ese día, en tan sólo unas horas, había estado hablando español, alemán, francés e inglés. Sigo manteniendo que la riqueza de saber idiomas es algo maravilloso y que quien tiene la capacidad de poder hacerlo, posee un gran tesoro. Anunciaron por fin el aterrizaje en Barcelona y cuando por fin conseguí salir de la Terminal 2 de El Prat, no sabía si necesitaba llorar de alegría o de angustia acumulada. Al poco, me encontré con mis amigos y me llevaron a su casa en coche. Necesitaba un abrazo urgentemente. Por el camino, les fui contando todo con detalle y fuimos planeando su viaje a Hannover para hacerme una visita. Después de mi historia, yo a eso lo llamo tener valor... Por fin llegué a su casa, cocinamos, cenamos, reímos, nos lo pasamos genial... Salimos a tomar algo y por fin, nos acostamos. Al día siguiente, al asomarme al balcón, pude ver la Sagrada Familia (aún en obras) a lo lejos a la izquierda, unas vistas que no tengo el privilegio de disfrutar cada día. Después me di una vuelta con mis amigos cerca de la Torre Agbar por un mercadillo, mientras que al fondo se divisaba muy pequeñita, la Torre de Collserola y la noria colorida del Tibidabo. Todos los recuerdos de mis vacaciones en Barcelona tres meses antes, se me vinieron a la mente. Finalmente, me dejaron en coche de nuevo en la T2. Abrazos y despedidas y promesas de volver a vernos en tan sólo dos semanas. Y, tras preguntar a unos canarios muy majos, encontré la puerta de embarque. Pasé el control de seguridad sin problemas y me subí al avión. Sólo en ese momento, sentí que ya estaba más cerca de casa. Despegamos y, aunque yo iba en el pasillo, pude mirar por la ventana y ver toda Barcelona a mis pies. Majestuosa, impresionante. La Torre Agbar, ahora diminuta. La Sagrada Familia, Collserola de nuevo, millones de edificios... Barcelona es una ciudad que enamora se mire desde donde se mire...



Y por fin, tras sólo una hora de vuelo, aterrizamos en Santander. Tras hablar media hora con la misma voz tranquilizadora de la que llevo todo el relato hablando, con promesas de vernos en tan sólo escasas horas, llegó mi padre en coche. Dos horas más de viaje y ya por fin llegaría a mi casa. El viaje se hizo realmente interminable. Le fui contando todo lo que me había pasado y algunas experiencias de mi mes en Alemania como profesora. Y por fin, 36 horas después, llegué a Piedras Blancas. Abracé a mi madre, deshice como pude mi maleta, cené y me faltó tiempo para salir corriendo a esperar a la única persona por la que hice este viaje. Tras 10 minutos de espera, vi su coche llegar a lo lejos. Sentí un cosquilleo recorriéndome todo el cuerpo y muchos, muchos nervios. Habían sido 34 días de espera para volver a tenerlo entre mis brazos. Aparcó, se bajó del coche y por fin, nos abrazamos. Recuerdo que esa noche llovía. Besé sus labios, después de tanto tiempo habiéndolos necesitado. ¿Alguna vez habéis sentido que el tiempo se detiene y todo a vuestro alrededor deja de importar en ese preciso instante? No sabría cómo describir mejor esa sensación. Después de ese beso lo miré a los ojos. Vi como brillaban de alegría y, joder, os juro que sentí en ese momento que todo el sufrimiento que había pasado en el viaje había merecido la pena y había encontrado su recompensa. Todo lo malo ocurrido el día anterior desapareció cuando lo vi sonreír mientras me miraba a los ojos. Fue una noche mágica...

Dicen que no hay ningún camino fácil que te lleve a algo que merezca la pena. Y yo, esa noche, lo sentí más que nunca cuando, un mes después, me volví a sentir viva en los brazos de esa persona...

Te quiero, Adri. Simplemente: gracias por tanto.



































lunes, 12 de octubre de 2015

Wieder da

Love can hurt sometimes
but it is the only thing that makes us feel alive


You won't ever be alone
Just wait for me to come home ♥

viernes, 9 de octubre de 2015

A.


Nadie puede imaginarse lo que significa el caer desde un precipicio y que allí esté él para decirme: "tranquila, siéntate aquí y me lo cuentas". Cada problema a su lado es un juego. Es la única persona capaz de enseñarme el lado positivo de las cosas. Sólo él sabe transmitirme la tranquilidad que necesito en cada momento. Es la parte que me complementa a cada segundo aportando a mi vida eso que siempre me había faltado. A veces me pregunto qué habría pasado si nunca te hubiese conocido y sinceramente, no sé qué sería de mí.
Porque eres el único que sabe aguantarme en cualquier estado y eso es algo que cada vez me dejas más claro. Desde que estoy aquí tú me hiciste comprender que también hay distancias que unen. Te quiero mucho

viernes, 2 de octubre de 2015

La letra pequeña de la distancia

La letra pequeña de la distancia a veces duele, pero la solución es sencilla cuando al mirarnos, hacemos grandes todas esas cosas que pueden parecer pequeñas.

Eres el vuelco en el corazón tras una buena noticia. Lo que se siente al volar por primera vez en un avión. Ese cosquilleo en el pecho los 10 segundos antes de verte. Los nervios, las prisas, el deseo cuando la vela se apaga. Un regalo inesperado que ha cambiado tanto mi vida. Que ya no entiendo de los días, de las horas o minutos, si no es una cuenta atrás que termine con tu mano en mi cintura y mi boca en tu sonrisa.

Muchos hablan del amor cuando ni siquiera han sentido nada. Como si el amor no fuese eso que llega una vez en la vida y descoloca hasta el más mínimo rincón de tu vida. El amor no se elige. El amor llega cuando menos te lo esperas. Como las mejores cosas en la vida. Nadie elige salir a dar un paseo y que la lluvia te cale hasta los huesos. Como tampoco nadie elige salir a la calle y que ocurra algo maravilloso. Como cuando estás solo en casa y miras por la ventana. A lo lejos, en lo más alto del cielo, ves la estela de un avión que en cuestión de minutos cruzará el planeta entero. Y a esa misma velocidad, todos los recuerdos sobrevuelan también tu mente y rondan por tus pensamientos. ¿Recuerdas cuando viajábamos juntos en un avión cogidos de la mano? ¿Recuerdas aquellos tiempos no tan lejanos, pero a la vez tan distantes? ¿Recuerdas aquellos días en que me prometías que jamás nos separaríamos? Como si el amor no se clavara bien adentro cuando recuerdo las noches en las que amanecí abrazada a ti, noches que ahora se sienten tan lejanas...

Como si el amor no fuese el haber recorrido un día 2000 kilómetros para pasar los mejores días de mi vida y para hacer realidad mi sueño. Como si el amor no fuese el volver a recorrer el mismo número de kilómetros de nuevo para conseguir un abrazo más.

Como si no me hubiese sentido nunca en la cima del mundo y sentir que tocaba el cielo con mis manos...

 




Como si en realidad no sintiese lo que acabo de decir cada vez que rozo tus labios...